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A Diestra...
Y Siniestra.
13 de mayo de 2026
Morena colocó en una misma exigencia dos procedimientos que la Constitución separa: juicio político y declaración de procedencia, conocida públicamente como desafuero.
La dirigencia nacional del partido anunció que buscará ambas vías contra la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, por la presunta participación de agentes extranjeros en un operativo de seguridad. El argumento central es que pudo existir una vulneración a la soberanía nacional.
La acusación tiene peso político. Involucra seguridad pública, cooperación internacional, intervención extranjera y responsabilidad de una gobernadora opositora. Pero el camino legal no es directo. Juicio político y desafuero no significan lo mismo, no se tramitan igual y no producen las mismas consecuencias.
El movimiento ocurre en el arranque de Ariadna Montiel como dirigente nacional de Morena. Su llegada al partido se da en un contexto de confrontación con la oposición por temas de seguridad, señalamientos contra gobiernos estatales y la disputa anticipada por las gubernaturas que estarán en juego en 2027.
Chihuahua entra en ese tablero por varias razones. Es un estado gobernado por el PAN. Tiene una elección relevante en el horizonte. Y el caso permite a Morena colocar una narrativa nacional: la defensa de la soberanía frente a una presunta operación con participación extranjera.
La ruta política es clara. Morena puede llevar el caso al Congreso de la Unión para convertirlo en un asunto nacional. Ahí puede activar a sus bancadas, abrir debate, exigir comparecencias, presentar solicitudes formales y sostener presión pública sobre la gobernadora.
Ese camino le permite al partido producir efectos políticos incluso si el procedimiento no llega a una sanción. La sola presentación del caso puede generar titulares, posicionamientos, movilización y desgaste para el gobierno estatal.
La ruta jurídica es más estrecha.
El juicio político sirve para revisar si una autoridad incurrió en actos u omisiones graves contra el interés público. En el caso de gobernadoras y gobernadores, la Constitución federal solo permite esa vía por violaciones graves a la Constitución, a leyes federales o por manejo indebido de recursos federales.
Además, el Congreso de la Unión no puede destituir automáticamente a una gobernadora mediante juicio político. Para titulares de poderes ejecutivos estatales, la resolución federal tiene carácter declarativo y debe comunicarse a la legislatura local. Eso abre un segundo tramo político y jurídico en el estado.
La declaración de procedencia tiene otra función. No castiga. No destituye. No declara culpabilidad. Solo retira la protección procesal para que una autoridad penal pueda proceder contra una persona servidora pública.
Por eso, si Morena busca juicio político, debe sostener que hubo una falta grave de carácter constitucional o federal. Si busca desafuero, debe sostener una hipótesis penal: cuál delito se habría cometido, qué autoridad lo investiga y qué elementos existen para retirar la protección procesal.
Esa es la primera tensión del caso. La narrativa política presenta una exigencia fuerte: juicio político y desafuero. La ley obliga a separar las rutas.
La segunda tensión está en la prueba.
No basta señalar que hubo un operativo en Chihuahua. Tampoco basta afirmar que participaron agentes extranjeros. Para atribuir responsabilidad directa a la gobernadora habría que acreditar un vínculo concreto: autorización, conocimiento, instrucción, encubrimiento, omisión grave o participación atribuible a su gobierno.
Ahí está el punto más difícil. Investigar un operativo no es lo mismo que demostrar responsabilidad constitucional o penal de la titular del Ejecutivo estatal.
Los antecedentes históricos muestran que estos procedimientos rara vez terminan de forma lineal.
El caso de Andrés Manuel López Obrador, cuando era jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal, avanzó como declaración de procedencia. La Cámara de Diputados aprobó el desafuero, pero el asunto terminó convertido en una crisis política nacional y no en un proceso penal ordinario con una consecuencia clara.
El caso de Francisco García Cabeza de Vaca, entonces gobernador de Tamaulipas, mostró otro obstáculo. La Cámara de Diputados aprobó la declaración de procedencia, pero el Congreso local rechazó retirarle la protección procesal. El conflicto abrió una disputa sobre los efectos reales de una decisión federal frente a un gobernador en funciones.
En juicio político, el registro es todavía más restrictivo cuando se trata de gobernadores. La figura existe y puede tramitarse, pero no hay un antecedente reciente claro de un juicio político federal contra un gobernador en funciones que haya terminado en una destitución directa desde el Congreso de la Unión. La Constitución, además, limita el efecto federal a una declaración que debe pasar por la legislatura local.
Estos antecedentes no vuelven imposible la ruta contra Maru Campos. Sí muestran que es difícil, lenta y sujeta a filtros.
Para Morena, el Congreso de la Unión es el escenario más rentable. Permite elevar el caso de un conflicto estatal a una discusión nacional. También permite que Ariadna Montiel marque una línea de confrontación desde su dirigencia y que Morena en Chihuahua se agrupe alrededor de una causa común.
Para la vía legal, el Congreso de la Unión es otra cosa: no es solo escenario, también es filtro. Ahí Morena tendría que precisar qué figura va a impulsar, con qué hechos, con qué pruebas y con qué consecuencia posible.
El caso puede tener varios escenarios.
Uno: Morena presenta una solicitud de juicio político. En ese caso, el debate se concentraría en si hubo una violación grave a la Constitución o a leyes federales. Aunque avanzara, el efecto federal frente a una gobernadora sería declarativo y tendría que comunicarse al Congreso local.
Dos: Morena impulsa una declaración de procedencia. En ese caso, tendría que sostener una acusación penal. La discusión ya no sería solo política. Tendría que haber delito, autoridad investigadora y elementos suficientes para justificar el retiro de la protección procesal.
Tres: Morena mantiene ambas vías en el discurso, pero sin una ruta jurídica sólida. Ese escenario puede rendir políticamente, pero también puede exhibir una falta de precisión si no se separan los procedimientos.
Cuatro: el caso se mantiene como presión pública. Puede haber movilización, posicionamientos, solicitudes y debate nacional, aunque no necesariamente una sanción.
La investigación deja una conclusión de fondo: Morena sí tiene incentivos para llevar el caso al Congreso de la Unión. Le permite nacionalizar el tema, presionar a una gobernadora del PAN y construir una narrativa de soberanía. Pero el marco legal no opera con la misma lógica que la política.
La política permite condensar el caso en una frase: juicio político y desafuero.
La ley exige separar: juicio político para responsabilidad política, declaración de procedencia para permitir una ruta penal.
Al final, el caso queda en el terreno de la expectativa. Morena puede anunciar juicio político, hablar de desafuero, llevar el asunto al Congreso de la Unión y sostener presión pública contra Maru Campos. Pero la ley no permite que esa expectativa se convierta automáticamente en destitución, inhabilitación o proceso penal.
Para que eso ocurra, Morena tendría que pasar de la acusación al expediente. Tendría que separar las rutas, probar hechos, acreditar responsabilidad directa y superar filtros federales y locales. Sin eso, el caso puede generar debate, movilización y desgaste político, pero no necesariamente una consecuencia jurídica.
El punto de fondo es que la ofensiva produce más expectativa que certeza. En lo político, el tema puede rendir desde el primer anuncio. En lo legal, apenas empezaría un camino largo, técnico y de resultado incierto.
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